"La vida de barrio en los cerros porteños era de amable convivencia entre las clases sociales y la distintas religiones y colonias que se entreveraban en sana tolerancia y camaradería. Teníamos amigos yugoslavos, ingleses o italianos, sin cuestionarnos la procedencia de las familias ni su origen. Tampoco era motivo de discriminación el que uno de nuestros amigos fuera luterano, anglicano o judío. Los barrios mezclaban familias de diversas culturas y en las calles o paseos convivíamos amparados por juegos en común".